Una flor puede atraer a un abejorro con su color, su aroma y su néctar. Pero existe otra señal mucho más difícil de imaginar porque nosotros no podemos verla: alrededor de las flores hay campos eléctricos débiles, y los abejorros son capaces de detectarlos.
El fenómeno parece sacado de la ciencia ficción, pero fue demostrado experimentalmente por investigadores de la Universidad de Bristol. Las plantas suelen presentar un potencial eléctrico diferente al de los insectos que vuelan hacia ellas. Mientras se desplazan por el aire, los abejorros pueden acumular una pequeña carga eléctrica positiva. Cuando se aproximan a una flor, esa diferencia crea fuerzas electrostáticas diminutas entre ambos.

No aparecen chispas ni descargas visibles. La interacción es muchísimo más sutil. Lo sorprendente es que el abejorro posee estructuras capaces de responder a esas fuerzas: los diminutos pelos que cubren su cuerpo pueden moverse ligeramente cuando entran en el campo eléctrico de una flor.
Investigaciones posteriores estudiaron esos pelos utilizando mediciones extremadamente sensibles. Los científicos observaron que tanto las antenas como los pelos podían desplazarse ante un campo eléctrico, pero los pelos mostraban una respuesta particularmente clara. Además, al estudiar la actividad del sistema nervioso del insecto, encontraron evidencia de que ese movimiento puede transformarse en información sensorial.
En otras palabras, lo que para nosotros es un espacio aparentemente vacío alrededor de una flor puede contener una señal que el abejorro es capaz de percibir.
Esta información no reemplaza al color ni al olor. Los abejorros combinan distintas señales para reconocer y aprender cuáles flores pueden resultarles interesantes. En experimentos controlados, pudieron aprender a distinguir flores artificiales con diferentes características eléctricas, e incluso el aprendizaje de diferencias visuales podía mejorar cuando también existían señales eléctricas.
Hay además un detalle fascinante: la visita de una abeja puede modificar temporalmente el potencial eléctrico de una flor. Esto significa que el paisaje eléctrico alrededor de una planta no es completamente estático. Cambia a medida que los insectos interactúan con ella.
Los investigadores continúan estudiando hasta qué punto esta capacidad aparece en otros insectos y qué importancia tiene en condiciones naturales. Muchos insectos poseen pelos corporales capaces de responder a estímulos mecánicos, por lo que la electrorecepción podría no limitarse únicamente a los abejorros.
Para nosotros, una flor parece estar simplemente esperando a que llegue un polinizador. Pero a una escala que nuestros sentidos no detectan ocurre algo mucho más complejo: colores, aromas, movimiento y pequeñas fuerzas eléctricas forman parte del encuentro.
La próxima vez que un abejorro se acerque lentamente a una flor, lo que parece un simple aterrizaje puede ser en realidad el final de una conversación sensorial que comenzó antes de que el insecto siquiera tocara los pétalos.