Los ojos de los renos cambian de color en invierno: la sorprendente razón

En el Ártico, el paso del verano al invierno transforma mucho más que el paisaje. Mientras durante los meses cálidos el sol puede permanecer visible durante gran parte del día, el invierno trae largos periodos de penumbra y oscuridad. Los renos han desarrollado una adaptación extraordinaria para vivir entre esos dos extremos: una estructura ubicada en el fondo de sus ojos cambia físicamente con las estaciones.

En verano, esa estructura refleja una tonalidad dorada. En invierno, en cambio, adquiere un intenso color azul. No es un cambio decorativo ni afecta simplemente al aspecto externo del ojo. Ocurre en el tapetum lucidum, una capa reflectante situada detrás de la retina que funciona como una especie de espejo natural y permite que la luz que atravesó la retina tenga otra oportunidad de alcanzar los fotorreceptores.

Investigadores de la Universidad de Tromsø y University College London estudiaron este fenómeno y encontraron que el tapetum de los renos presenta diferencias muy marcadas entre verano e invierno. En los animales estudiados durante el verano reflejaba principalmente tonos dorados, mientras que en los ejemplares adaptados al invierno la reflexión era de un azul profundo. El estudio, publicado en Proceedings of the Royal Society B, relacionó además el estado invernal con una mayor sensibilidad de la retina en condiciones de poca luz.

La clave está en la diminuta estructura del propio tapetum. Esta capa contiene fibras de colágeno ordenadas a escalas microscópicas. Durante el invierno disminuye la separación entre esas fibras, modificando las longitudes de onda de luz que la estructura refleja. Ese cambio microscópico es lo que contribuye a que el tapetum pase de una apariencia dorada a una azul.

Los investigadores proponen que parte de esta transformación está relacionada con lo que sucede cuando las pupilas permanecen muy dilatadas durante los largos periodos de oscuridad ártica. Ese estado puede aumentar la presión dentro del ojo y comprimir el tejido del tapetum, reduciendo el espacio entre sus fibras de colágeno. En lugar de necesitar un pigmento azul nuevo, el ojo modifica su propia arquitectura microscópica para cambiar la manera en que interactúa con la luz.

El resultado también implica un intercambio interesante. El tapetum invernal puede dispersar más luz a través de la retina, aumentando las posibilidades de que los fotorreceptores capturen fotones en un ambiente extremadamente oscuro. A cambio, la imagen puede perder algo de nitidez. En esas condiciones, detectar contraste y movimiento puede resultar especialmente útil para un animal que debe desplazarse, encontrar alimento y responder a posibles depredadores durante el invierno.

El ambiente donde viven los renos hace todavía más fascinante esta adaptación. El crepúsculo ártico tiene una fuerte presencia de luz azul, y los renos también poseen sensibilidad a longitudes de onda ultravioleta que los humanos normalmente no vemos. Investigaciones independientes han encontrado que esa sensibilidad puede aumentar el contraste entre la nieve y elementos como la vegetación, ayudando a distinguir mejor objetos en el paisaje invernal. Investigadores de UCL y otras instituciones han estudiado cómo la vegetación puede destacar sobre la nieve cuando se observa en esas longitudes de onda.

Así, cuando llega el invierno, el reno no se limita a soportar meses de oscuridad: parte de su sistema visual cambia físicamente para funcionar bajo esas condiciones. Dentro de sus ojos, fibras de colágeno separadas por distancias microscópicas modifican la forma en que se refleja la luz. Lo que desde afuera parece simplemente un ojo oscuro es, en realidad, uno de los ejemplos más sorprendentes de cómo un animal puede adaptarse a los cambios extremos de su entorno.

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